Interludios espirituales

Por el hermano iniciado Sunny, San Francisco, E.U.A.

Desde que empecé a seguir a la Maestra para practicar el Método Quan Yin, bajo su imperceptible edificación, he notado algunos cambios increíbles en mi vida diaria y en mis interacciones sociales. Todo marcha milagrosamente con suavidad. Inconscientemente, he estado tratando a todo el mundo amistosamente. Me he vuelto más deseoso de compartir con los demás y me he sentido física y mentalmente más desenvuelto.

Un día, compré frutas frescas de varios tamaños y estados de madurez en el Barrio Chino. Normalmente, guardo lo mejor para mí, y comparto el resto con otras personas. Cada vez que hacía eso, me sentía lleno de “felicidad” y “amor”.

Esta vez, cambié mi hábito de reservar primero la mejor fruta para mí, y dejé que los otros escogieran primero. Cuando la fruta más selecta era escogida por los demás, estaba un poco molesto y pensaba: “¿Por qué eran tan descorteses? ¡Ellos eligieron precisamente la fruta que quería guardar para mí!” ¡Lo más probable es que esta decepcionante experiencia era la recompensa por mi “compartir condicional” del pasado!

Mi ser, molesto por la falta de comprensión y por la manera desconsiderada de los demás, me hizo pensar: “¡Esas pocas frutas que cuestan menos de un dólar me han impuesto un gran apego y esclavitud!” ¡Simplemente no podía comprender la razón! Finalmente, obtuve la respuesta en meditación: A lo que nos aferramos no es al valor de los objetos, sino a nuestros hábitos intransigentes acumulados a través de muchas vidas.

Así que decidí cambiar este indeseable hábito. En otra ocasión, compré dos tipos de duraznos y los puse juntos, incluyendo uno grande y rojo que era el que más me gustaba. Ese día estaba mentalmente preparado; incluso si alguien tomaba mi durazno favorito, aún así seguiría feliz, ¡Porque los practicantes espirituales deben amar a los demás como a sí mismos! ¡Sorprendentemente, el último durazno que quedó fue el favorito al que ya había “renunciado”! Fue como una recompensa de la Maestra.

Cualquiera que sea la razón, sólo cuando podamos renunciar estaremos deseosos de dar. Sólo cuando estemos deseosos de dar fructificaremos. Esta es una lección esencial que tenemos que aprender para abandonar el ego. No necesitamos preocuparnos de no ser capaces de renunciar, pero debemos preocuparnos más bien acerca de no saber que tenemos que renunciar. No debemos preocuparnos acerca de no ser capaces de hacerlo, sino que más bien debemos preocuparnos de no querer hacerlo. Nuestro cultivo espiritual es practicar las enseñanzas de la Maestra. ¡Cuando podemos poner en acción las enseñanzas de la Maestra con sinceridad, estamos cerca de la santidad!

Rara vez notamos que hay verdades preciosas en las insignificantes experiencias de la vida diaria. No es de extrañar que los antiguos maestros Zen dijeran: “Caminar, descansar, sentarse, dormir; todo es Zen”.


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* ¡Sé introspectivo y humilde¡
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