Desde que empecé a seguir
a la Maestra para practicar el Método Quan Yin, bajo su imperceptible
edificación, he notado algunos cambios increíbles en
mi vida diaria y en mis interacciones sociales. Todo marcha milagrosamente
con suavidad. Inconscientemente, he estado tratando a todo el mundo
amistosamente. Me he vuelto más deseoso de compartir con los
demás y me he sentido física y mentalmente más
desenvuelto.
Un día, compré frutas frescas
de varios tamaños y estados de madurez en el Barrio Chino.
Normalmente, guardo lo mejor para mí, y comparto el resto con
otras personas. Cada vez que hacía eso, me sentía lleno
de felicidad y amor.
Esta vez, cambié mi hábito
de reservar primero la mejor fruta para mí, y dejé que
los otros escogieran primero. Cuando la fruta más selecta era
escogida por los demás, estaba un poco molesto y pensaba: ¿Por
qué eran tan descorteses? ¡Ellos eligieron precisamente
la fruta que quería guardar para mí! ¡Lo
más probable es que esta decepcionante experiencia era la recompensa
por mi compartir condicional del pasado!
Mi ser, molesto por la falta de comprensión
y por la manera desconsiderada de los demás, me hizo pensar:
¡Esas pocas frutas que cuestan menos de un dólar
me han impuesto un gran apego y esclavitud! ¡Simplemente
no podía comprender la razón! Finalmente, obtuve la
respuesta en meditación: A lo que nos aferramos no es al valor
de los objetos, sino a nuestros hábitos intransigentes acumulados
a través de muchas vidas.
Así que decidí cambiar
este indeseable hábito. En otra ocasión, compré
dos tipos de duraznos y los puse juntos, incluyendo uno grande y rojo
que era el que más me gustaba. Ese día estaba mentalmente
preparado; incluso si alguien tomaba mi durazno favorito, aún
así seguiría feliz, ¡Porque los practicantes espirituales
deben amar a los demás como a sí mismos! ¡Sorprendentemente,
el último durazno que quedó fue el favorito al que ya
había renunciado! Fue como una recompensa de la
Maestra.
Cualquiera que sea la razón, sólo
cuando podamos renunciar estaremos deseosos de dar. Sólo cuando
estemos deseosos de dar fructificaremos. Esta es una lección
esencial que tenemos que aprender para abandonar el ego. No necesitamos
preocuparnos de no ser capaces de renunciar, pero debemos preocuparnos
más bien acerca de no saber que tenemos que renunciar. No debemos
preocuparnos acerca de no ser capaces de hacerlo, sino que más
bien debemos preocuparnos de no querer hacerlo. Nuestro cultivo espiritual
es practicar las enseñanzas de la Maestra. ¡Cuando podemos
poner en acción las enseñanzas de la Maestra con sinceridad,
estamos cerca de la santidad!
Rara vez notamos que hay verdades preciosas
en las insignificantes experiencias de la vida diaria. No es de extrañar
que los antiguos maestros Zen dijeran: Caminar, descansar, sentarse,
dormir; todo es Zen. 